Futuro, ciudadanía y diversidad

Vidal

Las escuelas católicas son una de las más creativas, diversas y fructíferas realidades de la sociedad civil española. Su integración en el tejido comunitario es muy profunda y su aceptación entre la gente es mucho mayor de lo que a veces ponen en duda algunas discusiones artificialmente provocadas. Su contribución es cada vez más necesaria para una sociedad que requiere mayor participación ciudadana, innovación eficaz y fortalecimiento de las familias y comunidades. El mundo se está transformando y requiere ciudadanías más activas que actúen desde lógicas más colaborativas, participativas y globales. Esas lógicas generan progresivamente fórmulas cooperativas de partenariado y concierto entre administraciones públicas y organizaciones ciudadanas. Son ya fórmulas necesarias para corresponsabilizarse de bienes comunes como son la educación o el desarrollo comunitario. Cualquier bien público es mejor cuando la ciudadanía participa en su creación.

Los retos (medioambientales, políticos, económicos, culturales, científicos, etc.) a los que nuestro tiempo se enfrenta son de tal calado que son necesarias todas las manos, todas las tradiciones y todas las organizaciones ciudadanas posibles para dar una respuesta justa y sostenible a la crisis. Ser capaces de asumir la diversidad requiere reconocimiento de los otros, respetar su contribución, convocarles a participar y aprender continuamente unos de otros. Las escuelas católicas forman parte muy importante de la diversidad de nuestra sociedad, vive esa diversidad en su propio interior y camina en un progresivo compromiso con la diversidad del entorno. El trabajo en entornos de alta diversidad es una de las competencias educativas y profesionales más demandadas en el mundo que viene y es clave para la innovación e integración social. Hay quien a grandes rasgos no asocia escuelas católicas y diversidad, sino que por el contrario a veces la vincula a cierta homogeneidad. Sin embargo, si miramos su realidad, la diversidad es precisamente uno de sus mayores rasgos.

La diversidad está inscrita en la larga historia de Escuelas Católicas: su saber educar está formado por numerosas tradiciones pedagógicas que ya han sido probadas a lo largo de los siglos. Ese saber pedagógico de siglos transmite lo más valioso de las sabidurías, patrimonio de la Humanidad y las proyecta hacia un futuro del que no se deja de aprender. Porque ser diverso no es sólo dialogar en profundidad con la historia sino con los futuros manifestados en los avances tecnológicos, los más modernos avances científicos, organizativos, pedagógicos y culturales. La diversidad se constata también en la formación integral que implica la pluralidad de dimensiones de la persona y sociedad: científica y tecnológica, social y comunitaria, cultural y artística, familiar y amistosa, económica y de consumo, ciudadana y solidaria, profesional y ética, estética y espiritual, etc. Educar en diversidad no sólo nos da alas para movernos en la dispersa pluralidad del mundo, sino que implica ahondar en las raíces de la vida y sus cosas. Lo que cualifica para la diversidad es la profundidad de las raíces capaces de unirnos con toda la humanidad. Hay una diversidad de la hondura que sabe dialogar y crecer con la complejidad de la condición humana y de cada persona. La auténtica diversidad no relativiza sino que hace profundizar las raíces.

La diversidad que aporta escuelas católicas bebe también de su mundialidad: las comunidades que les dan soporte están encarnadas en el territorio vecinal local pero a la vez forman parte de organizaciones globales presentes en los lugares más extremos de la Tierra. Por eso sus escuelas viven cotidianamente que la diversidad cultural y nacional forma parte de la condición humana. Saben que la diversidad es una competencia que todos debemos desarrollar para tejer proyectos más comunes y universales. Las Escuelas Católicas educan en íntima conexión con escuelas de todo el planeta, situadas en los más dinámicos centros de la economía y cultura mundial y también en las más desafiantes periferias de los más distantes países. Y no educan sólo enseñando idiomas, sino que la globalidad y diversidad es enseñada desde la fraternidad con niños y niñas de todo el mundo. En conexión con esa globalidad, los estudiantes toman conciencia también de la biodiversidad y de la necesidad de un progreso medioambientalmente sostenible.

Las migraciones son manifestaciones de dicha globalización. Las migraciones no son un problema sino una enorme oportunidad para que el país de acogida se haga más cosmopolita e interaccione más y mejor con el conjunto del planeta. No basta con ser interculturales, sino que la enseñanza católica tiene experiencia alrededor de todo el mundo en crear cultura común desde los más diversos orígenes. Está encarnada en las más distantes culturas, desde Nepal hasta las comunidades indígenas bolivianas; desde los Inuit canadienses hasta lo más hondo del Congo. El saber educar de Escuelas Católicas es consciente de que no basta la coexistencia ni la interculturalidad, sino que es necesaria la Mixculturalidad: crear cultura y proyectos comunes entre distintos credos, estéticas y tradiciones. Sólo recreando una nueva cultura fecundada por emigrantes que traen el mundo a nuestra sociedad, lograremos responder a los desafíos que son también nuevos. Sólo compartiendo una cultura creada por todos lograremos sentirnos solidarios en una sociedad común.

La sabiduría de diversidad de Escuelas Católicas sigue creciendo. Su propuesta cristiana profundiza en un entorno plural y se comunica desde los lenguajes del corazón que unen y no separan. Sabe que su misión educativa está al servicio de todo niño, niña y familia que quiera incorporarse. Las Escuelas Católicas no sólo asumen esa diversidad cultural, ideológica, nacional, religiosa o familiar en que se encarna lo humano, sino que aprenden de ella y sus experiencias. Así se entiende lo católico: como universalidad desde la diversidad y singularidad.

La diversidad coexiste con las desigualdades y nuestra sociedad ha sufrido una crisis que las ha acentuado. Frente a la tendencia a segregar a amplios sectores de la sociedad según sus ingresos o clase social, urbanizaciones y barrios, etnias y orígenes nacionales, las escuelas católicas están llamadas a tejer igualdad, convivencia y la garantía de derechos educativos para todos y todas. Crear igualdad e integrar la diversidad requieren soportes. Suponen un desafío de tal alcance que sólo puede avanzar comprometiendo a toda la sociedad en su conjunto, con toda su sociedad civil en cooperación con las administraciones públicas para garantizar derechos e impulsar futuros. Es preciso un gran pacto público-ciudadano por la diversidad y la igualdad, que la potencie en todo el tejido educativo de nuestro país. Las escuelas católicas son una de las mayores fortalezas de la sociedad civil y el tejido educativo de España y hay que seguir haciendo lo posible para que su contribución universal y diversa esté a la altura de lo que necesitan niños y jóvenes, las familias, nuestro país y nuestro mundo.

Fernando Vidal
Universidad Pontificia Comillas & Boston College
@fervidal31

 

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